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MANIFESTAÇÃO — MUNDO SENSÍVEL

VIDE: ESTADO DE VIGÍLIA

CRISTOLOGIA
Antonio Orbe: ORIGEM DO CORPO

Ireneo no tiene reparo, al parecer, en generalizar la plasis divina al mundo sensible, en el que vive el hombre. El término 'Demiurgo' o 'Fabricator (mundi)' lo confirma. Todo lo material y sensible requiere, en el tránsito de lo informe a lo formado, una verdadera plasis. Las plantas y animales fueron así modelados.

¿Dónde está el privilegio del cuerpo humano?

El mundo sensible fue plasmado; no el invisible, intelectual o angélico. A título de material, tuvo necesidad de demiurgo. ¿Es ello prerrogativa o triste necesidad?

La plasis, como tal, extensiva a la formación de los elementos corpóreos, no puede constituir privilegio alguno humano.

¿Estará el misterio en que sólo el cuerpo del hombre fue modelado per manus Dei?

Así lo indican algunos textos patrísticos. El mundo habría sido plasmado 'sin las manos divinas', o con una sola mano; mas no, como el cuerpo humano, 'mediante las dos manos de Dios'.

Los pasajes de Escritura crearían dificultad. Como obras de las manos (en plural) de Dios se mencionan otras creaturas, fuera del hombre, destacando la nota de omnipotencia. En su aplicación genérica, la mano de Dios señala el poder que a todo se extiende reteniéndolo como en el puño, adentrándose en las cuatro dimensiones del universo para medirlo, aprehenderlo, iluminarlo y conservarlo, sin que nada escape a su providencia. El hombre no comprende la plenitud y majestad de la mano de Dios, como no entiende el misterio de su universal poder y providencia.

La mano de Dios asistió milagrosamente a los tres jóvenes del horno para que no les abrasara el fuego y salieran 'ad ostensionem virtutis eius'.

Ireneo confiere a la mano de Dios una eficacia más general que la rigurosa plasis; equivale a la 'Virtus Dei', en cualesquiera manifestaciones externas, máxime de poder. La demiurgía del cosmos es una aplicación, todavía amplia, de la misma. Dondequiera interviene el poder divino, asiste la mano. Aquí podrían insinuarse los testimonios escriturarios del 'brazo de Dios'. San Cipriano los junta, en un solo capítulo, con los de la 'mano de Dios', bajo el título significativo: «Quod Christus idem Manus et Brachium Dei sit», subrayando la tónica de Poder, cristológicamente entendido, propia de ambos sustantivos en singular.

PERENIALISTAS
René Guénon
En el fondo, en todo eso no se trata nunca de ir más allá de las cosas sensibles; la diferencia no recae más que sobre los procedimientos a poner en obra para alcanzar esas cosas, sobre la manera en que conviene considerarlas, sobre cuál de sus diversos aspectos importa poner en evidencia: podríamos decir que unos prefieren insistir sobre el lado «materia», y otros sobre el lado «vida». En efecto, éstas son las limitaciones de las que el pensamiento occidental no puede liberarse: los griegos eran incapaces de liberarse de la forma; los modernos parecen incapaces sobre todo de desprenderse de la materia, y, cuando intentan hacerlo, no pueden en todo caso salir del dominio de la vida. Todo eso, la vida tanto como la materia y más aún la forma, no son más que condiciones de existencia especiales del mundo sensible; así pues, todo eso está sobre un mismo plano, como lo decíamos hace un momento. El Occidente moderno, salvo casos excepcionales, toma el mundo sensible como único objeto de conocimiento; que se dedique preferentemente a una o a otra de las condiciones de este mundo, que le estudie bajo tal o cual punto de vista, recorriéndole en cualquier sentido, el dominio donde se ejerce su actividad mental por eso no deja de ser siempre el mismo; si este dominio parece extenderse más o menos, eso no va nunca muy lejos, cuando no es puramente ilusorio. Por lo demás, junto al mundo sensible, hay diversos prolongamientos que pertenecen todavía al mismo grado de la existencia universal; según se considere tal o cual condición, entre las que definen este mundo, se podrá alcanzar a veces uno u otro de esos prolongamientos, pero por ello no se estará menos encerrado en un dominio especial y determinado. Cuando Bergson dice que la inteligencia tiene a la materia como su objeto natural, comete el error de llamar inteligencia a aquello de lo que quiere hablar, y lo hace porque lo que es verdaderamente intelectual le es desconocido; pero tiene razón en el fondo si apunta solamente, bajo esta denominación errónea, a la parte más inferior de la inteligencia, o más precisamente al uso que se hace de ella comúnmente en el Occidente actual. En cuanto a él, es a la vida a la que se apega esencialmente: se sabe bien el papel que juega el «impulso vital» en sus teorías, y el sentido que da a lo que llama la percepción de la «duración pura»; pero la vida, cualquiera que sea el «valor» que se le atribuya, por eso no está menos indisolublemente ligada a la materia, y es siempre el mismo mundo, el que se considera aquí según una concepción «organicista» o «vitalista», y en otras partes según una concepción «mecanicista». Solamente, cuando se da la preponderancia al elemento vital sobre el elemento material en la constitución de este mundo, es natural que el sentimiento tome la delantera sobre la supuesta inteligencia; los intuicionistas con su «torsión de espíritu», los pragmatistas con su «experiencia interior», hacen llamada simplemente a las potencias obscuras del instinto y del sentimiento, que toman por el fondo mismo del ser, y, cuando van hasta el final de su pensamiento o más bien de su tendencia, llegan, como Willian James, a proclamar finalmente la supremacía del «subconsciente», por la más increíble subversión del orden natural que la historia de las ideas haya tenido que registrar nunca.
Señalemos, con ocasión de esto, el error de las modernas interpretaciones “naturalistas” de las antiguas doctrinas tradicionales, interpretaciones que trastruecan pura y simplemente la jerarquía de relaciones entre los diferentes órdenes de realidades: por ejemplo los símbolos o los mitos nunca han tenido por función representar el movimiento de los astros, sino que la verdad es que se encuentran a menudo en ellos figuras inspiradas en ese movimiento y destinadas a expresar analógicamente muy otra cosa, porque las leyes de aquél traducen físicamente los principios metafísicos de que dependen. Lo inferior puede simbolizar lo superior, pero la inversa es imposible; por otra parte, si el símbolo no estuviese más próximo al orden sensible que lo representado por él, ¿cómo podría cumplir la función a la que está destinado? En la naturaleza, lo sensible puede simbolizar lo suprasensible; el orden natural íntegro puede, a su vez, ser un símbolo del orden divino; y, por lo demás, si se considera más particularmente al hombre, ¿no es legítimo decir que él también es un símbolo, por el hecho mismo de que ha sido “creado a imagen de Dios” (Génesis, I, 26-27) ? Agreguemos aún que la naturaleza solo adquiere su plena significación si se la considera en cuanto proveedora de un medio para elevarnos al conocimiento de las verdades divinas, lo que es, precisamente, también el papel esencial que hemos reconocido al simbolismo.


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Responsável

Murilo Cardoso de Castro
Doutor em Filosofia, UFRJ (2005)