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LITURGIA — ANO LITÚRGICO

VIDE: GUIA DO ANO LITURGICO; ANO LITÚRGICO JUDAICO - PAGÃO - CRISTÃO; CRISTO CRONOCRATOR; FESTIVIDADES

NOTAS SOBRE LA LITURGIA

Excertos de "La Puerta - Sobre Esoterismo Cristiano" — E. Durán

INTRODUCCION

La palabara liturgia proviene del griego leitourgia y significa «culto» y también «servicio público». «Culto» tiene su origen en la palabra latina calo que significa «cultivar, honrar». En el caso de la liturgia, se honra o se rinde culto mediante una serie de ritos y ceremonias que se suceden ininterrumpidamente a lo largo de todo el año, ocupando todas las estaciones y todos los días. La Liturgia Católica es, pues, el culto oficial y público que la Iglesia rinde a Dios. En el Cristianismo Oriental, la Liturgia designa siempre al Servicio por excelencia: la Santa Misa. En Occidente, después del siglo XVI, el término ha adoptado un sentido más general y se aplica a todas las funciones del culto: sacramentos, oficios sacramentales, oraciones públicas, rúbricas.

Todo este conjunto de cultos forman el cuerpo de la Liturgia, y tienen una expresión o manifestación externa y otra interior. Desde el punto de vista más literal, observamos todos los tiempos que se suceden a lo largo del año en su conjunto de ritos, celebraciones y lecturas que varían en relación al tiempo que ocupan. Pero no hay que olvidar que todo este cuerpo es una expresión externa del verdadero culto: es su imagen y su símbolo.

El año litúrgico se refiere a la gloria de Dios y también al provecho espiritual del hombre.

Toda la gloria que se rinde a Dios lo es a través de Cristo, pues solamente en Cristo se complace Dios: «Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco» (Lucas, III-22).

El año litúrgico es la manifestación de Jesucristo y de sus Misterios en la Iglesia y en el alma de los fieles, y constituye para cada uno de los miembros de la Iglesia la materia de la alabanza a Cristo y de Cristo a Dios.

El programa anual de la Liturgia consiste en hacer participar al cristiano del Misterio Crístico.

Podemos encontrar esta misma enseñanza en el ciclo natural de la revolución solar; éste, que también se repite todos los años, se identifica con el Año Litúrgico.

A modo de resumen, quizá sea interesante destacar algunos aspectos que resaltan esta coincidencia: la distribución del ciclo natural en cuatro estaciones que representa una posición bien determinada del Sol al inicio de cada una de ellas, sería un ejemplo harto elocuente (ver ilustración pág. 44).

En los dos solsticios de invierno y verano que vienen indicados por las extremas posiciones del Sol, también encontramos dos tiempos extremos: Navidad y Pentecostés.

Si la Navidad celebra el nacimiento de Jesucristo, en el solsticio de invierno acontece el nacimiento del Sol.

Si Pentecostés celebra la venida del Espíritu Santo en el momento en que Jesucristo ha terminado su Obra, en el solsticio de verano el Sol está en su máxima plenitud, en lo más alto del cielo.

También en estos dos puntos se celebran las fiestas de los dos San Juan: San Juan apóstol, denominado también de Invierno, discípulo al cual Jesús amaba y al que pone en su lugar en el momento de la crucifixión diciendo estas palabras a su madre: «Mujer, he ahí a tu hijo». (Juan, XIX-26)

San Juan Bautista, o de verano, es denominado el Precursor y dice de Cristo: «A él conviene crecer; mas a mí decrecer» (Juan, III-30).

A propósito de los dos equinoccios en los que el Sol está sobre el ecuador, observamos que, con la entrada de la primavera coincide la Anunciación a María celebrada el 25 de marzo; nueve meses después se celebra la natividad de Cristo.

¿No habrá un acontecimiento similar en el equinoccio de otoño?

Según el Evangelio de San Lucas 1-26 y 1-36, la Anunciación a María acontece seis meses después de la concepción de Elisabeth. Asimismo, si transcurren nueve meses desde la Anunciación a la Navidad, es lógico que transcurra el mismo lapso de tiempo desde el nacimiento de San Juan Bautista y la Anunciación de Gabriel a Zacarías. Sin embargo, esta Anunciación relatada en Lucas 1-11 a 25 no es celebrada a la entrada del equinoccio de otoño ni en ninguno de los tiempos litúrgicos.

Señalemos que los antiguos griegos al celebrar sus ritos de iniciación hacían una distinción entre los Pequeños y los Grandes Misterios.

Todos los rituales y ceremonias referentes a los Pequeños Misterios tenían lugar en el equinoccio de Primavera, y consistían en una purificación preliminar a los Grandes Misterios:

«Así, cuando la diosa Atena vio a Tideo mancharse la garganta con la sangre de su enemigo no subió hacia los astros antes de que la antorcha mística de Ilisos inocente no hubiese purificado sus ojos con mucha agua» (Victor Magnien, «Les Mystères d'Eleusis». Payot, París, pág. 181).

La celebración de los Grandes Misterios tenía lugar durante el equinoccio de otoño, precisamente cuando el Sol se aleja:

«Observad que es entonces cuando se opera la castración del órgano de la generación, como los atenienses que practican estos secretos están purificados, y el hierofante, su jefe, se abstiene de toda generación, para no contribuir a la progresión y para mantener pura y sin alteración la substancia acabada, perpetua y encerrada en la unidad» (Idem, pág. 198).

El año litúrgico se compone de dos series de fiestas que se desarrollan paralelamente y se complementan entre sí. La primera conmemora los Misterios de Nuestro Señor y se denomina Propio del Tiempo o Temporal; se divide en dos ciclos principales: el de Navidad o Misterio de la Encarnación, y el de Pascua o Misterio de la Redención. La otra es denominada Propia de los Santos o Santoral y comprende las fiestas de los Santos. En este artículo se mencionará únicamente el Propio del Tiempo.

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Responsável

Murilo Cardoso de Castro
Doutor em Filosofia, UFRJ (2005)
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